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nydus/Great ExpectationsPublic
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XXVII

—Pues mire, señor —dijo Joe—, Wopsle y yo nos fuimos derechitos a ver el Almacén de betún. Pero no nos pareció que estuviera a la altura de lo que pintaban los carteles rojos de las puertas de las tiendas; lo que se dice —añadió Joe a modo de explicación— que allí está dibu-j-ado con demasiada arquitec-t-uraleza.

Realmente creo que Joe habría prolongado esta palabra (sumamente expresiva a mi parecer de cierta arquitectura que conozco) hasta convertirla en todo un coro, de no haber sido porque su atención fue atraída providentemente por su sombrero, que estaba a punto de caerse.

En verdad, le exigía una atención constante, y una rapidez de vista y de mano muy parecidas a las que requiere el puesto de wicket-keeper en el críquet.

Hizo jugadas extraordinarias con él y demostró la mayor destreza; ora abalanzándose sobre él y atrapándolo con pulcritud al caer; ora limitándose a detenerlo a mitad de camino, golpeándolo hacia arriba y toreándolo por varias zonas de la habitación y contra una buena parte del estampado del papel de la pared, antes de considerarlo seguro para atraparlo definitivamente; para terminar zambulléndolo en el cubo de los desperdicios, donde me tomé la libertad de ponerle las manos encima.

En cuanto a su cuello de camisa y el cuello de su levita, resultaban desconcertantes de contemplar; ambos eran misterios insolubles. ¿Por qué debía un hombre rasurarse hasta ese extremo antes de poder considerarse elegantemente vestido? ¿Por qué habría de suponer necesario purificarse mediante el sufrimiento por su ropa de fiesta?

Luego caía en ataques de meditación tan inexplicables, con el tenedor a mitad de camino entre el plato y la boca; sus ojos se veían atraídos hacia direcciones tan extrañas; se veía afligido por toses tan notables; se sentaba tan lejos de la mesa, y dejaba caer mucho más de lo que comía, fingiendo que no lo había dejado caer, que me alegré de verdad cuando Herbert nos dejó para irse a la City.

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