Tuve un sueño penoso y entrecortado al acostarme, a causa de pensar en el extraño hombre que me apuntaba con su pistola invisible, y en lo culpable, burdo y vulgar que resultaba estar en términos de confidencia secreta con convictos—un aspecto de mi baja condición que antes había olvidado.
La lima también me obsesionaba. Me dominaba el temor de que, cuando menos lo esperara, la lima reaparecería.
Logré conciliar el sueño pensando en lo de Miss Havisham, el próximo miércoles; y en sueños vi la lima abalanzarse sobre mí desde una puerta, sin ver quién la sostenía, y me desperté a gritos.