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nydus/Great ExpectationsPublic
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XX

El viaje desde nuestro pueblo hasta la metrópolis era de unas cinco horas. Pasaba un poco del mediodía cuando la diligencia de cuatro caballos en la que viajaba entró en el ovillo de tráfico deshilachado en torno a Cross Keys, Wood Street, Cheapside, Londres.

Por entonces, los británicos habíamos decidido de manera muy firme que constituía casi un acto de alta traición dudar de que poseíamos y éramos lo mejor en todo; de no ser así, aunque me asustaba la inmensidad de Londres, creo que me habrían asaltado ciertas leves dudas sobre si no sería más bien feo, torcido, estrecho y sucio.

Mr. Jaggers me había enviado debidamente su dirección; era Little Britain, y en su tarjeta había escrito a continuación: «justo saliendo de Smithfield y cerca de la oficina de diligencias».

No obstante, un cochero de alquiler, que parecía tener tantas capas en su grasiento gabán como años de edad, me metió en su coche y me cercó con una barrera plegable y tintineante de escalones, como si fuera a llevarme cincuenta millas.

Subirse a su pescazo, que recuerdo decorado con un viejo tapizado de asiento verde pálido descolorido por la intemperie y comido por la polilla hasta quedar en harapos, le llevó lo suyo. Era un carruaje maravilloso, con seis grandes coronas nobiliarias por fuera y cosas estropajosas detrás para que no sé cuántos lacayos se agarraran, y una grada debajo para evitar que los lacayos aficionados cayeran en la tentación.

Apenas había tenido tiempo de disfrutar del carruaje y de pensar en lo mucho que se parecía a un corral de paja y, al mismo tiempo, a una tienda de trapos, y de preguntarme por qué las bolsas de pienso de los caballos

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