—Pero nunca lo harás, ¿ves? —dijo Biddy.
No me parecía del todo improbable aquella tarde, como me lo habría parecido si lo hubiéramos hablado pocas horas antes. Por consiguiente, comenté que no estaba muy seguro de eso. Pero Biddy dijo que ella sí lo estaba, y lo dijo con decisión. En mi fuero interno creía que tenía razón; y, sin embargo, también me sentó bastante mal que fuera tan tajante en ese punto.
Cuando nos acercamos al cementerio, tuvimos que cruzar un terraplén y pasar un torniquete cerca de una compuerta. De allí, de la compuerta, o de los juncos, o del fango (lo que era muy propio de su estancada manera de ser), surgió el viejo Orlick.
—¡Eh! —gruñó—, ¿a dónde van ustedes dos?
“¿A dónde íbamos a ir, sino a casa?”
—Pues bien —dijoÉl—, ¡que me aspen si no te acompaño a casa!
Esta pena de estar jodido era uno de sus supuestos casos favoritos. No le atribuía ningún significado preciso a la palabra que yo sepa, sino que la usaba, al igual que su propio y fingido nombre de pila, para ofender a la humanidad y transmitir la idea de algo salvajemente dañino.
Cuando era más joven, albergaba la creencia general de que, si me hubiera jodido personalmente, lo habría hecho con un anzuelo afilado y retorcido.
Biddy was much against his going with us, and said to me in a whisper, “Don’t let him come; I don’t like him.” As I did not like him either, I took the liberty of saying that we thanked him, but we didn’t want seeing home. He received that piece of information with a yell of laughter, and dropped back, but came slouching after us at a little distance.