CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Great ExpectationsPublic
Page 41 of 725
Table of Contents

IV

Entre aquella buena compañía me habría sentido, aun si no hubiera robado la despensa, en una posición falsa.

No porque estuviera apretado en un ángulo agudo del mantel, con la mesa en el pecho y el codo pumblechookiano en el ojo, ni porque no se me permitiera hablar (no quería hablar), ni porque se me convidara con las puntas escamosas de los muslitos de las aves, y con aquellos rincones oscuros de cerdo de los cuales el marrano, en vida, había tenido menos motivos para enorgullecerse.

No; eso no me habría importado, con tal de que me hubieran dejado en paz. Pero no me dejaban en paz. Parecía que consideraban la oportunidad perdida si omitían dirigir la conversación hacia mí, de vez en cuando, y clavarme la punta. Bien podría haber sido un desgraciado torillo en una plaza española, tanto me punzaban con ardiente dolor estos aguijones morales.

Comenzó en el preciso instante en que nos sentamos a cenar. El señor Wopsle bendijo la mesa con declamación teatral —según me parece ahora, algo así como un cruce religioso entre el Espectro de Hamlet y Ricardo tercero— y concluyó con el muy apropiado deseo de que fuéramos verdaderamente agradecidos. Acto seguido, mi hermana me clavó la mirada y dijo, con voz baja y reprochadora: «¿Oyes eso? Sé agradecido».

—Especialmente —dijo el señor Pumblechook—, sé agradecido, muchacho, con aquellos que te criaron a mano.

La señora Hubble sacudió la cabeza y, contemplándome con el lúgubre presentimiento de que no llegaría a buen puerto, preguntó: «¿Por qué será que los jóvenes nunca son agradecidos?».

41