Allí me despertó el grito del señor Pumblechook llamándome. Estaba muy lejos, calle abajo bajo el sol, y me hacía gestos expresivos para que me detuviera. Me detuve y él se acercó sin aliento.
—No, mi querido amigo —dijo, una vez que recuperó el aliento para hablar—. No si puedo evitarlo. Esta ocasión no pasará por completo sin esa afabilidad de su parte.—¿Puedo, como viejo amigo y bienhechor? ¿Puedo?
Nos dimos la mano por centésima vez al menos, y él apartó de mi camino a un joven carretero con la mayor indignación. Luego, me bendijo y se quedó agitando la mano para despedirme hasta que hube pasado la curva del camino; y entonces me metí en un campo y eché una larga siesta bajo un seto antes de continuar mi camino a casa.
Tenía escaso equipaje que llevar conmigo a Londres, pues poco de lo poco que poseía se adaptaba a mi nueva posición. Pero comencé a hacer el maletín esa misma tarde, y metí en él a lo loco cosas que sabía que necesitaría a la mañana siguiente, bajo el pretexto ficticio de que no había ni un momento que perder.
Así pasaron el martes, el miércoles y el jueves; y el viernes por la mañana fui a casa de Mr. Pumblechook para ponerme la ropa nueva y hacer mi visita a Miss Havisham. Me cedieron la propia habitación de Mr. Pumblechook para vestirme, la cual habían adornado con toallas limpias expresamente para la ocasión. Mis prendas fueron una pequeña decepción, por supuesto. Probablemente toda ropa nueva y esperada con impaciencia que se haya puesto jamás desde que existen los vestidos, se quede un tanto corta respecto a las expectativas de quien la lleva.