En este lúgubre momento es evidente que a todos nos dominaba la idea de que nos seguían. Con la crecida, el agua batía con fuerza y a intervalos irregulares contra la orilla; y cada vez que se oía tal sonido, uno u otro de nosotros se sobresaltaba y miraba en esa dirección.
Aquí y allá, el curso de la corriente había socavado la orilla formando una pequeña ensenada, y todos desconfiábamos de esos lugares y los mirábamos con nerviosismo. A veces, «¿Qué ha sido ese ruidito?», decía uno de nosotros en voz baja. O bien otro: «¿Hay un barco ahí a lo lejos?». Y después caíamos en un silencio sepulcral, y yo me sentaba impaciente a pensar en el ruido insólito con que los remos chirriaban en los chohos.
Al fin divisamos una luz y un tejado, y poco después atracamos junto a un pequeño muelle hecho de piedras recogidas allí mismo. Dejando al resto en el bote, salté a tierra y descubrí que la luz venía de la ventana de una taberna. Era un lugar bastante sucio, y me atrevo a decir que no desconocido para los contrabandistas, pero había un buen fuego en la cocina, y había huevos con beicon para comer y varios licores para beber. Asimismo, había dos habitaciones con dos camas dobles —«tales cuales eran», según dijo el posadero—. No había otra compañía en la casa que el posadero, su mujer y una criatura masculina y canosa, el «mozo» del pequeño muelle, que era tan fangoso y pringoso como si hubiera sido también la marca de la marea baja.
Con este ayudante volví a bajar al bote, y todos fuimos a la orilla, y sacamos los remos, el timón y el bichero, y todo lo demás, y lo subimos para pasar la noche. Hicimos una muy buena comida junto al fuego de la cocina, y luego distribuimos los dormitorios: * Herbert y Startop ocuparían uno; * Yo y nuestro protegido