Al día siguiente fue llevado al Tribunal de Policía, y habría sido remitido a juicio de inmediato, de no ser porque era necesario mandar a buscar a un viejo oficial del pontón del que una vez había escapado, para que confirmara su identidad.
Nadie lo dudaba; pero Compeyson, que tenía la intención de declarar al respecto, iba a la deriva sobre las mareas, muerto, y casualmente no había en ese momento ningún oficial de prisiones en Londres que pudiera aportar la prueba requerida.
Yo había ido directamente a casa del señor Jaggers la noche anterior, apenas llegué, para asegurarme su asistencia, y el señor Jaggers, en nombre del preso, no admitiría nada. Era el único recurso; pues me dijo que el caso terminaría en cinco minutos cuando estuviera el testigo, y que ningún poder en la tierra podría evitar que fuera en nuestra contra.
Le comuniqué al señor Jaggers mi propósito de mantenerlo en la ignorancia sobre el destino de su fortuna. El señor Jaggers se mostró malhumorado y enojado conmigo por haberla «dejado escapar de entre los dedos», y dijo que más adelante tendríamos que presentar un memorial y tratar de rescatar algo de ella a toda costa. Pero no me ocultó que, aunque podía haber muchos casos en los que no se exigiera la confiscación, en este no se daban circunstancias que lo convirtieran en uno de ellos. Lo comprendí muy bien. Yo no era pariente del forajido, ni estaba vinculado a él por ningún lazo reconocible; no había firmado ningún escrito ni acuerdo a mi favor antes de su arresto, y hacerlo ahora sería inútil. Yo no tenía ningún derecho, y finalmente decidí —y mantuve la decisión para siempre jamás— que mi