—Querido Joe —grité, desesperado, agarrándole del abrigo—, no hables de ese modo. Jamás se me ocurrió hacerle ningún regalo a la señorita Havisham.
—No, Pip —asintió Joe, como si hubiera estado sosteniendo eso todo el tiempo—; y lo que te digo es que tienes razón, Pip.
“Sí, Joe; pero lo que quería decir es que, como andamos bastante flojos de trabajo ahora, si me dieras mañana medio día libre, creo que iría a la ciudad a hacerle una visita a la señorita Est— Havisham”.
—Y cuyo nombre —dijo Joe, con seriedad—, no es Estavisham, Pip, a menos que la hayan vuelto a bautizar.
“Ya lo sé, Joe, ya lo sé. Se me ha escapado. ¿Qué te parece, Joe?”
En resumen, Joe pensaba que si a mí me parecía bien, a él también le parecía bien. Pero insistió especialmente en estipular que, si no me recibían con cordialidad, o si no me animaban a repetir la visita como una visita que no tenía ningún propósito oculto, sino que era simplemente de gratitud por un favor recibido, entonces este viaje de prueba no tendría sucesor. A estas condiciones prometí atenerme.
Ahora bien, Joe tenía un oficial a jornal semanal llamado Orlick. Pretendía que su nombre de pila era Dolge —una clara imposibilidad—, pero era un tipo de tan obstinada disposición que creo que no era víctima de ningún engaño en este particular, sino que deliberadamente impuso ese nombre al pueblo como una afrenta a su entendimiento. Era un sujeto de hombros anchos, extremidades flojas y tez morena, de gran fuerza, que nunca tenía prisa y siempre iba con desgana. Ni siquiera parecía ir a su trabajo a propósito, sino que entraba perezosamente como por pura casualidad; y cuando iba al Jolly Bargemen a almorzar, o se marchaba por la noche, salía arrastrando los pies, como Caín o el Judío Errante, con cara de no tener idea de a dónde iba ni intención de volver