Era demasiado para la señora Joe, que se levantó de inmediato.
—Te diré una cosa, mocoso —dijo ella—, no te he criado a base de esforzarme para que le amargues la vida a la gente. Sería motivo de culpa para mí y no de alabanza, si así fuera. A la gente la meten en los presidios flotantes por asesinar, y por robar, y por falsificar, y por hacer toda clase de maldades; y siempre empiezan por hacer preguntas. ¡Y ahora, a la cama, andando!
Nunca se me permitió llevar una vela para alumbrarme al acostarme y, mientras subía las escaleras a oscuras, con la cabeza zumbando —porque el dedal de la señora Joe había estado tocando el pandero en ella para acompañar sus últimas palabras—, sentí una conciencia terrible de la gran conveniencia de que los pontones estuvieran cerca de mí. Estaba claramente en camino hacia allá. Había empezado haciendo preguntas, y ahora iba a robarle a la señora Joe.
Desde aquel tiempo, que ya queda bastante lejos, he pensado a menudo que poca gente sabe qué secreto hay en los jóvenes bajo el terror. No importa cuán irrazonable sea el terror, con tal de que sea terror. Tenía terror mortal