para estar allí, y a sopesar si debía bajarme en un momento y regresar, y a argumentar en contra de hacer caso jamás a una comunicación anónima, y, en resumen, a pasar por todas esas fases de contradicción e indecisión que supongo que no le son ajenas a casi ninguna persona apresurada. Aun así, la mención de Provis por su nombre se imponía a todo. Razonaba como ya había razonado sin saberlo —si es que eso es razonar—: en caso de que le ocurriera alguna desgracia por no ir yo, ¡cómo podría perdonármelo jamás!
Era de noche cuando bajamos, y el viaje se me hizo largo y tedioso a mí, que apenas pude ver nada desde dentro y que no podía salir al exterior debido a mi estado convaleciente. Evitando el Blue Boar, me alojé en una posada de menor categoría en la parte baja del pueblo y pedí la cena.
Mientras la preparaban, fui a Satis House y pregunté por la señorita Havisham; seguía muy enferme, aunque se la consideraba algo mejor.
Mi posada había formado parte en otro tiempo de un antiguo edificio eclesiástico, y cené en una salita común y octogonal, parecida a una pila bautismal.
Como no me era posible trinchar la cena, el viejo fondista, de reluciente cabeza calva, lo hizo por mí. Esto dio pie a que habláramos, y tuvo la gentileza de entretenerme con mi propia historia—por supuesto, con el detalle popular de que Pumblechook había sido mi primer bienhechor y el forjador de mi fortuna.
—¿Conoce usted al joven? —dije yo.
—¡Que si lo conozco! —repitió el posadero—. Desde que era... de una estatura así de pequeña.
¿Vuelve alguna vez a este vecindario?