hablarle de ella, que jamás podría soportar oírle crujir las botas ante ella, que jamás podría soportar verle lavarse las manos respecto a ella; era que mi admiración estuviera a un pie o dos de él—era que mis sentimientos estuvieran en el mismo lugar que él—, esa era la circunstancia agonizante.
Jugamos hasta las nueve, y entonces se convino en que, cuando Estella viniera a Londres, se me avisaría de su llegada para ir a recibirla a la diligencia; y entonces me despedí de ella, la toqué y la dejé.
Mi tutor se hospedaba en el Jabalí, en la habitación contigua a la mía. Muy entrada la noche, las palabras de Miss Havisham: «¡Ámala, ámala, ámala!», resonaban en mis oídos.
Las adapté para repetirlas yo mismo y le dije a mi almohada: «¡La amo, la amo, la amo!» cientos de veces.
Luego me invadió una ráfaga de gratitud por el hecho de que ella estuviera destinada a mí, que una vez fui el muchacho del herrero.
Después pensé que si ella, como temía, no estaba ni mucho menos arrebatadamente agradecida por ese destino todavía, ¿cuándo empezaría a interesarse por mí? ¿Cuándo despertaría en ella el corazón que ahora permanecía mudo y dormido?
¡Ay de mí! Pensé que se trataba de emociones altas y grandes. Pero nunca pensé que hubiera nada bajo y mezquino en mi alejamiento de Joe, porque sabía que ella lo despreciaría.
Apenas había pasado un día, y Joe me había arrancado lágrimas de los ojos; ¡bien pronto se secaron, Dios me perdone! bien pronto se secaron.