Habiendo despejado así el camino para mi expedición a casa de la señorita Havisham, partí en el coche de posta de la madrugada antes aún de que hubiera luz, y ya me encontraba en el camino abierto del campo cuando el día vino arrastrándose, vacilante, gimoteando y temblando, y envuelto en remiendos de nubes y jirones de niebla, como un mendigo.
Cuando llegamos al Blue Boar después de un trayecto lloviznoso, ¿a quién iba a ver salir bajo el portal, palillo en mano, para mirar el coche, sino a Bentley Drummle!
Mientras él fingía no verme, yo fingía no verlo. Era un fingimiento muy patético por ambas partes; tanto más patético cuanto que los dos entramos en el salón del café, donde él acababa de desayunar y donde yo pedí el mío. Me resultaba insoportable verlo en el pueblo, pues sabía muy bien a qué había venido.
Fingiendo leer un periódico borroso y muy desfasado, que en sus noticias locales no tenía nada ni la mitad de legible que las materias extranjeras de café, encurtidos, salsas de pescado, salsa de carne, mantequilla fundida y vino con las que estaba salpicado por todas partes, como si le hubiera dado el sarampión de un modo de lo más irregular, me senté a mi mesa mientras él se ponía ante el fuego.
Gradualmente, se convirtió en un agravio enorme para mí que él estuviera ante el fuego. Y me levanté, decidido a tener mi parte. Tuve que pasar la mano por detrás de sus piernas para coger las tenazas cuando me acerqué a la chimenea para avivar el fuego, pero aun así fingí no conocerlo.
—¿Es esto un corte? —dijo el señor Drummle.
—¡Ah! —dije, con el titiro en la mano—; ¿eres tú? ¿Cómo estás? Me estaba preguntando quién sería el que me quitaba el fuego.