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nydus/Great ExpectationsPublic
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Capítulo II

—Verás, Pip —dijo Joe solemnemente, con el último bocado en la mejilla y hablando en un tono confidencial, como si los dos estuviéramos completamente solos—, tú y yo siempre semos amigos, y yo sería el último en delatarte, nunca. ¡Pero una —movió la silla y miró el suelo entre nosotros, y luego otra vez a mí— una salida tan extraordinaria como esa!

—¿Ha estado tragándose la comida sin masticar, eh? —gritó mi hermana.

—Sabes, viejo amigo —dijo Joe, mirándome a mí, y no a la señora Joe, con el bocado todavía en la mejilla—, yo mismo me largué a tu edad, a menudo, y de muchacho he conocido a muchos desertores; pero jamás he visto una espantada como la tuya, Pip, y es un milagro que no te hayas largado hasta quedar seco.

Mi hermana se abalanzó sobre mí, me pescó de los pelos y no dijo más que estas palabras terribles: «Tú ven conmigo a tomarte la medicina».

Alguna bestia médica había vuelto a poner de moda el agua de alquitrán en aquellos días como remedio excelente, y la señora Joe siempre guardaba una provisión en el armario, pues creía en sus virtudes en la misma proporción en que este era repugnante. En el mejor de los casos, se me administraba tal cantidad de este elixir como exquisito tónico reconstituyente que era consciente de ir por ahí oliendo a cerca nueva. En aquella tarde en particular, la urgencia de mi caso exigía una pinta de esta mezcla, que me fue vertida en la garganta para mi mayor bienestar, mientras la señora Joe me sujetaba la cabeza bajo el brazo, tal como se sujetaría una bota en un sacabotas. Joe se libró con media pinta; pero se le obligó a tragársela (muy a su pesar, mientras se sentaba a mascar y meditar lentamente ante la lumbre),

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