estaba contando, querido muchacho. De aquella cabaña y de aquel alquiler de servicios, me quedó dinero que me dejó mi amo (que murió, y había sido de mi misma condición), obtuve mi libertad y empecé a trabajar por mi cuenta. En cada cosa que emprendí, emprendí por ti. «¡Que la plaga la devaste!», decía yo, fuera lo que fuese que emprendía, «¡si no es por él!». Todo prosperó de maravilla. Como te di a entender hace un momento, soy famoso por ello. Fue el dinero que me dejaron, y las ganancias de los primeros años, lo que le mandé a Mr. Jaggers —todo para ti—, cuando él fue a buscarte por primera vez, conforme a mi carta.
¡Ojalá nunca hubiera venido! ¡Ojalá me hubiera dejado en la forja, lejos de estar contento, pero, en comparación, feliz!
—Y entonces, querido muchacho, era una recompensa para mí, fíjese bien, saber en secreto que estaba haciendo a un caballero.
Los caballos de sangre de aquellos colonos podían levantarme el polvo al pasar caminando; ¿qué digo? Me digo a mí mismo: «¡Estoy haciendo a un mejor caballero de lo que tú serás jamás!».
Cuando uno de ellos le dice a otro: «Hace unos años era un tipo condenado, y ahora es un ignorante vulgar y corriente, por muy afortunado que sea», ¿qué digo? Me digo a mí mismo: «Si yo no soy un caballero, ni tampoco tengo instrucción, soy el dueño de uno. Todos ustedes poseen ganado y tierras; ¿cuál de ustedes posee a un caballero criado en Londres?».
Así es como me mantenía en pie. Y así es como mantuve firme en mi mente que sin falta iría un día a ver a mi muchacho, y a darme a conocer a él, en su propio terreno.
Puso su mano sobre mi hombro. Me estremecí al pensar que, por lo que yo sabía, su mano podía estar manchada de sangre.