convencí a mí mismo de que sabía que lo habían apresado; de que había algo más en mi mente que un temor o un presentimiento; de que el hecho había ocurrido y yo tenía un conocimiento misterioso de ello. A medida que los días pasaban y no llegaban malas noticias, a medida que el día se extinguía y caía la oscuridad, mi abrumador temor a quedar incapacitado por la enfermedad antes de la mañana siguiente se apoderó por completo de mí. Mi brazo ardiente palpitaba, y mi cabeza ardiente palpitaba, y me imaginé que empezaba a delirar. Contaba hasta números altos, para asegurarme de que conservaba la lucidez, y repetía pasajes que conocía en prosa y verso. Ocurría a veces que, en el simple desconcierto de una mente fatigada, me adormilaba por unos momentos o me olvidaba de todo; entonces me decía a mí mismo dando un sobresaltó: «¡Ahora ha llegado el momento, y estoy enloqueciendo!».
Me tuvieron muy tranquilo todo el día, me vendaron el brazo constantemente y me dieron bebidas refrescantes. Siempre que me dormía, despertaba con la idea que había tenido en la compuerta, de que había transcurrido mucho tiempo y la oportunidad de salvarlo se había perdido.
Alrededor de la medianoche me levanté de la cama y fui a ver a Herbert, con el convencimiento de que había estado dormido durante veinticuatro horas y que el miércoles ya había pasado. Fue el último esfuerzo de agotamiento propio de mi inquietud, pues después de eso dormí profundamente.
Amanecía el miércoles cuando miré por la ventana. Las luces parpadeantes sobre los puentes ya estaban pálidas; el sol naciente era como un pantano de fuego en el horizonte.