Mucho después de que estas potestades constitucionales se hubieran disipado, mi hermana yació muy enferma en cama. Su vista estaba alterada, de modo que veía los objetos multiplicados y agarraba tazas de té y copas de vino ilusorias en vez de las reales; su oído estaba muy mermado, al igual que su memoria; y su habla era ininteligible.
Cuando, por fin, se recuperó lo suficiente como para ser ayudada a bajar las escaleras, aún era necesario tener mi pizarra siempre junto a ella, para que pudiera indicar por escrito lo que no podía indicar hablando.
Como ella era (dejando de lado su muy mala caligrafía) una ortógrafa más que mediocre, y como Joe era un lector más que mediocre, surgían entre ellos complicaciones extraordinarias que a mí siempre me llamaban a resolver.
La administración de cordero en lugar de medicina, la sustitución de Té por Joe y del panadero por panceta, figuraban entre los más leves de mis propios errores.
Sin embargo, su genio había mejorado notablemente y era paciente. Una temblorosa incertidumbre en los movimientos de todas sus extremidades no tardó en volverse parte de su estado habitual y, después, a intervalos de dos o tres meses, a menudo se llevaba las manos a la cabeza y permanecía entonces durante una semana más o menos en un estado de sombría aberración mental.
No sabíamos cómo encontrarle una asistenta adecuada, hasta que ocurrió una circunstancia que vino a librarnos convenientemente de apuros. La tía abuela del señor Wopsle venció un arraigado hábito de vivir en el que había caído, y Biddy pasó a formar parte de nuestra casa.
Podría haber pasado como un mes desde la reaparición de mi hermana en la cocina, cuando Biddy se vino a vivir con nosotros trayendo una pequeña caja moteada con la totalidad de sus bienes mundanos, y se convirtió en una bendición para el hogar.