un poco desanimado —dije yo.
–¡Ni pizca, querido muchacho! Viene de fluir de manera tan silenciosa, y de ese rumor en la proa de la barca que hace una especie de melodía de domingo. Tal vez me estoy volviendo un tanto viejo además.
Se volvió a poner la pipa en la boca con expresión imperturbable, y se sentó tan tranquilo y satisfecho como si ya estuviéramos fuera de Inglaterra.
Sin embargo, era tan sumiso a una palabra de consejo como si hubiera estado en constante terror; pues, cuando encallamos para subir unas botellas de cerveza al bote y él iba a bajarse, le insinué que creía que estaría más seguro donde estaba, y él dijo: «¿Te parece, querido muchacho?», y se sentó mansamente de nuevo.
El aire se sentía frío sobre el río, pero era un día luminoso y la luz del sol resultaba muy alegre.