plenamente consciente de los méritos de ese caballero en condiciones áridas como cuando había algo húmedo de por medio. Sus hombres retomaron los mosquetes y formaron. El señor Wopsle, Joe y yo recibimos la estricta orden de mantenernos en la retaguardia y de no decir una sola palabra una vez que llegáramos a los pantanos. Cuando estuvimos todos a la intemperie y avanzábamos con paso firme hacia nuestro cometido, le susurré a Joe, con aire de alta traición: «Espero, Joe, que no los encontremos», y Joe me susurró: «Daría un chelín si se hubieran pirado, Pip».
No se nos unió ningún rezagado del pueblo, pues el tiempo era frío y amenazador, el camino sombrío, el terreno malo, la oscuridad se venía encima, y la gente tenía buenas hogueras dentro de las casas y estaba celebrando el día. Unos pocos rostros se apresuraron hacia las ventanas iluminadas y nos siguieron con la mirada, pero ninguno salió.
Pasamos el dedo indicador y seguimos derecho hacia el cementerio. Allí nos detuvimos unos minutos por una señal de la mano del sargento, mientras dos o tres de sus hombres se dispersaban entre las tumbas y examinaban también el pórtico. Volvieron a entrar sin encontrar nada, y entonces nos adentramos en las marismas abiertas, a través de la puerta situada al lado del cementerio.
Una aguanieve helada arremetió contra nosotros allí con el viento del este, y Joe me cargó a su espalda.
Ahora que nos hallábamos en aquel sombrío páramo, donde ellos ni se imaginaban que yo había estado hacía ocho o nueve horas y había visto a ambos hombres escondidos, pensé por primera vez, con gran temor, en si dábamos con ellos: ¿supondría mi presidiario en particular que había sido yo quien había llevado allí a los soldados?