tarde, cuando la cena hubo terminado y me había quedado dormido por completo a causa del agotamiento —pues mis noches habían estado agitadas y mi descanso interrumpido por sueños terribles—, me despertó el tan esperado paso en la escalera. Provis, que también se había quedado dormido, se tambaleó al oír el ruido que hice, y en un instante vi su navaja brillar en su mano.
—¡Silencio! ¡Es Herbert! —dije; y Herbert entró irrumpiendo, con la fresca ligereza de seiscientas millas de Francia a cuestas.
—¡Handel, querido amigo, cómo estás, y otra vez cómo estás, y otra vez cómo estás? ¡Me parece haber estado ausente un año entero! Vaya, ¡pues debo haberlo estado, porque te has vuelto bastante flaco y pálido! Handel, mi... ¡Hola! Le ruego me disculpe.
Se vio interrumpido en su frenesí y en su saludo tembloroso conmigo al ver a Provis.
Provis, mirándolo con fijeza, iba guardando lentamente su navaja de bolsillo y tanteando en otro bolsillo en busca de otra cosa.
—Herbert, querido amigo —le dije, cerrando las puertas dobles mientras Herbert se quedaba mirándome con asombro—, ha sucedido algo muy extraño. Se trata de... un visitante mío.
“¡Todo va bien, querido muchacho!”, dijo Provis avanzando, con su librito negro entre las manos juntas, y dirigiéndose entonces a Herbert.
“Tómalo en tu mano derecha. ¡Que Dios te fulmine en el acto si alguna vez te chivas de cualquier manera que sea! ¡Bésalo!”
—Hazlo, ya que él lo desea —le dije a Herbert.