Esperaba por completo encontrar un gendarme en la cocina, esperando para detenerme. Pero no solo no había ningún gendarme allí, sino que aún no se había descubierto el robo. La señora Joe estaba prodigiosamente ocupada preparando la casa para las festividades del día, y habían sentado a Joe en el umbral de la cocina para apartarlo del recogedor, un objeto al que su destino siempre lo conducía, tarde o temprano, cuando mi hermana barría enérgicamente los suelos de su establecimiento.
—¿Y dónde leches te habrás metido? —fue el saludo navideño de la señora Joe cuando mi conciencia y yo dimos la cara.
Dije que había estado abajo para escuchar los villancicos.
—¡Ah! ¡Bueno! —observó la señora Joe—. Podrías haber hecho algo peor.
Ni una duda de eso, pensé.
—Tal vez si no fuera esposa de herrero y (lo que viene a ser lo mismo) una esclava con el delantal siempre puesto, habría ido a escuchar los villancicos —dijo la señora Joe—. Los villancicos me agradan bastante, y esa es la mejor razón para no haber escuchado nunca ninguno.
Joe, que se había aventurado en la cocina detrás de mí cuando el recogedor se había retirado ante nosotros, se pasó elrevés de la mano por la nariz con aire conciliador cuando la señora Joe le lanzó una mirada y, al retirar ella los ojos, cruzó en secreto sus dos dedos índices y me los mostró como nuestra seña de que la señora Joe estaba de mal humor.