cenizas de su fuego para dejarlo bajo, preparado su sombrero y su gabán, y se daba golpes en todo el pecho con la llave de la caja fuerte, a modo de ejercicio atlético después del trabajo.
—Señor Wemmick —dije—, quiero pedirle su opinión. Tengo un gran deseo de ayudar a un amigo.
Wemmick apretó los labios y sacudió la cabeza, como si su opinión estuviera totalmente en contra de cualquier debilidad fatal de esa índole.
—Este amigo —proseguí— está intentando abrirse camino en el mundo de los negocios, pero no tiene dinero y le resulta difícil y desalentador empezar. Ahora quiero ayudarlo de algún modo a dar el primer paso.
—¿Con dinero a tocateja? —dijo Wemmick, en un tono más seco que el serrín.
—Con algo de dinero entregado de entrada —repliqué, pues un recuerdo inquietante cruzó por mi mente sobre aquel fajo simétrico de papeles que tenía en casa—, con algo de dinero entregado de entrada, y tal