“Todo irá bien. Él volverá a poner el cráneo en la tumba, cuando le haya sacado el oro del diente.”
Y, en efecto, cuando Flambeau cruzó la colina aquella mañana, vio a aquel ser extraño, el justo avaro, cavando en la tumba profanada, con la bufanda de cuadros al cuello batiéndose al viento de la montaña; el sobrio sombrero de copa en la cabeza.