—Vaya —dijo el coronel, mirándolo con cierta aprobación sardónica—, yo sugeriría que en adelante llevemos casacas verdes en vez de negras. Uno nunca sabe qué confusiones pueden surgir cuando se parece tanto a un camarero.
—¡Oh, que se vaya todo al diablo! —dijo el joven—, un caballero nunca parece un camarero.
—Ni un camarero como un caballero, supongo —dijo el coronel Pound, con la misma risa sombriza en el rostro—. Reverendo padre, su amigo debió de ser muy listo para hacerse pasar por caballero.
El padre Brown se abrochó hasta el cuello su corriente abrigo, pues la noche era borrascosa, y cogió del paragüero su corriente paraguas.
—Sí —dijo—; debe de ser un trabajo muy duro ser un caballero; pero, sabe usted, a veces he pensado que puede ser casi igual de laborioso ser camarero.
Y diciendo «Buenas noches», empujó las pesadas puertas de aquel palacio de placeres. Las puertas doradas se cerraron a su espalda, y emprendió una marcha ligera por las calles húmedas y oscuras en busca de un ómnibus de un penique.