—Bueno —añadió el padre Brown, con una amplia sonrisa—, ese cuento de hadas fue lo que más se acercó a la verdadera verdad de lo que se ha dicho hoy. Y con eso dio media vuelta y subió los escalones pesadamente, siguiendo al vicario.
El reverendo Wilfred, que lo había estado esperando, pálido e impaciente, como si este pequeño retraso fuera la gota que colmaba el vaso de sus nervios, lo condujo inmediatamente a su rincón favorito de la iglesia, aquella parte de la tribuna más cercana al techo tallado e iluminada por el maravilloso ventanal del ángel.
El pequeño sacerdote católico lo exploró y admiró todo exhaustivamente, hablando alegremente pero en voz baja todo el tiempo.
Cuando en el transcurso de su investigación encontró la salida lateral y la escalera de caracol por la que Wilfred había corrido para encontrar a su hermano muerto, el padre Brown no bajó corriendo, sino que subió, con la agilidad de un mono, y su voz clara resonó desde una plataforma exterior superior.
—Suba aquí, señor Bohun —llamó—. El aire le sentará bien.
Bohun lo siguió y salió a una especie de galería o balcón de piedra al exterior del edificio, desde el cual se divisaba la ilimitada llanura en la que se alzaba su pequeño collado, arbolada hasta el horizonte purpúreo y salpicada de aldeas y granjas.
Nítido y cuadrado, pero diminuto bajo ellos, se veía el corral del herrero, donde el inspector aún seguía tomando notas y el cadáver seguía yacía como una mosca aplastada.
—Bien podría ser el mapa del mundo, ¿verdad? —dijo el padre Brown.
—Sí —dijo Bohun con mucha gravedad, y asintió con la cabeza.