Cuando este espíritu del capitán hablaba en Valentín, era obedecido como un clarín.
El doctor Simón pasó a la armería y sacó a Ivan, el detective privado del detective público.
Galloway fue al salón y dio la terrible noticia con la suficiente tacto como para que, cuando la compañía se reunió allí, las damas ya estuvieran sobresaltadas y a la vez consoladas.
Mientras tanto, el buen sacerdote y el buen ateo permanecían a la cabecera y a los pies del muerto, inmóviles bajo la luz de la luna, como estatuas simbólicas de sus dos filosofías de la muerte.
Iván, el hombre de confianza con la cicatriz y los bigotes, salió de la casa como una bala de cañón, y cruzó el césped corriendo hacia Valentín como un perro hacia su amo. Su rostro lívido estaba muy animado por el fulgor de esta historia de detectives domésticos, y con un afán casi desagradable pidió permiso a su amo para examinar los restos.
—Sí; mira, si quieres, Iván —dijo Valentín—, pero no tardes. Tenemos que entrar a discutir esto a fondo en la casa.
Iván levantó la cabeza, y luego casi la dejó caer.
—Pero —batió él con dificultad—, es... no, no lo es; no puede ser. ¿Conoce usted a este hombre, señor?
—No —dijo Valentín con indiferencia—; será mejor que entremos.
Entre los dos llevaron el cadáver hasta un sofá en el estudio, y luego todos se dirigieron al salón.
El detective se sentó a un escritorio en silencio, y aun sin vacilación; pero su ojo era el ojo de hierro de un juez en lo penal. Tomó unas cuantas notas rápidas en un papel frente a él, y luego dijo brevemente: