me dejara totalmente impune. Vi esa oportunidad esta mañana. > > He estado tres veces en total en el estudio de Quinton hoy. La primera vez que entré no quiso hablar de otra cosa que no fuera ese cuento extraño, titulado «La cura de un santo», que estaba escribiendo, el cual trataba de cómo un ermitaño indio hacía que un coronel inglés se suicidara con solo pensar en él. Me mostró las últimas hojas, y hasta me leyó el último párrafo, que decía algo así: «El conquistador del Panyab, un mero esqueleto amarillento, pero aún gigantesco, logró incorporarse sobre el codo y exhalar un susurro en el oído de su sobrino: “¡Muero por mi propia mano, pero muero asesinado!”». Dio la casualidad, entre un millón, de que esas últimas palabras estaban escritas en la parte superior de una hoja de papel nueva. Salí de la habitación y me fui al jardín embriagado por una oportunidad espantosa. > > Dimos la vuelta a la casa; y sucedieron dos cosas más a mi favor. Usted sospechó de un indio y encontró un puñal que el indio muy probablemente usaría. Aprovechando la ocasión para metérmelo en el bolsillo, volví al estudio de Quinton, eché la llave y le di su somnífero. Él se negaba a responderle a Atkinson de ningún modo, pero yo le inforcé a que le llamara y tranquilizara al sujeto, porque quería una prueba clara de que Quinton estaba vivo cuando salí de la habitación por segunda vez. Quinton se tendió en el invernadero y yo crucé el estudio. Soy un hombre ágil con las manos, y en minuto y medio había hecho lo que quería hacer. Había vaciado toda la primera parte de la novela romántica de Quinton en la chimenea, donde se convirtió en cenizas. Luego vi que las comillas no servirían, así que las recorté, y para que pareciera más verosímil, recorté todo el pliego a juego. Después
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La forma incorrecta
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