fijamente al sol, y así luego no pueden hacerlo sin parpadear. Pero ¿por qué entre las estrellas ha de haber una sola que no pueda mirar? El sol no es mi amo, y abriré los ojos y lo miraré fijamente siempre que me plazca.
“Sus ojos —dijo Flambeau, con una reverencia a la extranjera— deslumbrarán al sol”.
Se complacía en hacerle cumplidos a aquella extraña y rígida belleza, en parte porque la descolocaba un poco. Pero al subir las escaleras hacia su piso, respiró hondo y silbó, diciéndose a sí mismo:
«Así que ha caído en manos de ese mago de arriba con su ojo de oro».
Pues, por poco que supiera o le importara la nueva religión de Kalon, había oído hablar de su particular teoría sobre la contemplación del sol.
Pronto descubrió que el vínculo espiritual entre los pisos superior e inferior era estrecho y creciente.
El hombre que se hacía llamar Kalon era una criatura magnífica, digna, en el sentido físico, de ser el pontífice de Apolo. Era casi tan alto como Flambeau, y mucho más apuesto, con una barba rubia, intensos ojos azules y una melena echada hacia atrás como la de un león.
En su complexión era la bestia rubia de Nietzsche, pero toda esta belleza animal se veía realzada, iluminada y suavizada por un intelecto y una espiritualidad genuinos. Si parecía uno de los grandes reyes sajones, parecía uno de esos reyes que además eran santos.
Y esto a pesar de la incongruencia cockney de sus alrededores; del hecho de que tenía un despacho a media altura en un edificio de Victoria Street; de que el empleado (un joven vulgar con puños y cuellos postizos) se sentaba en la antesala, entre él y el pasillo; de que su nombre figuraba en