para pasar desapercibido. Alteré su cuenta, y usted
El mundo parecía esperar que Flambeau saltara como un tigre. Pero se vio retenido como por un hechizo; estaba paralizado por la más absoluta curiosidad.
“Bueno —siguió el padre Brown, con una torpe lucidez—, como usted no iba a dejar ningún rastro para la policía, por supuesto alguien tenía que hacerlo. En cada lugar al que fuimos, me encargué de hacer algo que diera que hablar durante el resto del día. No hice mucho daño: una pared salpicada, manzanas desparramadas, una ventana rota; pero salvé la cruz, como la cruz siempre se salva. Ya estará en Westminster. Me extraña que no lo haya impedido con el silbato del burro”.
—¿Con el qué? —preguntó Flambeau.
—Me alegra que no hayas oído hablar de eso —dijo el sacerdote, haciendo una mueca—. Es algo vil. Estoy seguro de