St. Clare necesitaba desesperadamente dinero, y a raudales. El desacreditado médico de la familia amenazaba con aquellas extraordinarias revelaciones que después comenzaron y fueron interrumpidas; historias de cosas monstruosas y prehistóricas en Park Lane; cosas hechas por un evangelista inglés que olían a sacrificio humano y a hordas de esclavos.
Se necesitaba dinero, también, para la dote de su hija; porque para él la fama de la riqueza era tan dulce como la riqueza misma. Rompió el último hilo, le susurró la palabra a Brasil, y la riqueza brotó a raudales de los enemigos de Inglaterra.
Pero otro hombre había hablado con Espado el Buitre tan bien como él. De algún modo, el joven, sombrío y oscuro comandante de Úlster había adivinado la espantosa verdad; y cuando caminaban despacio juntos por aquel camino hacia el puente, Murray le iba diciendo al general que debía dimitir al instante, o ser sometido a consejo de guerra y fusilado. El general le dio largas hasta que llegaron a la franja de árboles tropicales junto al puente; y allí, junto al río melodioso y las palmeras iluminadas por el sol (pues puedo ver la estampa), el general desenvainó su sable y se lo hincó en el cuerpo al comandante.
El camino invernal se curvaba sobre una cresta bajo una helada cortante, con formas negras y crueles de arbustos y matorrales; pero Flambeau creyó ver más allá, tenuemente, el borde de una aureola que no era la luz de las estrellas ni de la luna, sino un fuego de los que hace el hombre.
Lo observaba mientras el relato llegaba a su fin.
“St. Clare era un perro del infierno, pero era un perro de casta. Nunca, lo juro, estuvo tan lúcido y tan fuerte como cuando el pobre Murray yacía frío e inerte a sus pies. Nunca en todos sus triunfos, como dijo con verdad el capitán Keith, el gran hombre fue tan grande como en esta última derrota despreciada por el mundo.