Si tienes intuiciones en absoluto, estas provienen de un nivel más profundo de tu naturaleza que el nivel locuaz que habita el racionalismo.
Toda tu vida subconsciente, tus impulsos, tus fes, tus necesidades, tus divinidades, han preparado las premisas, de cuyo resultado tu conciencia siente ahora el peso; y algo en ti sabe absolutamente que ese resultado debe ser más verdadero que cualquier palabrería racionalista e hipercrítica, por muy ingeniosa que sea, que pueda contradecirlo.
Esta inferioridad del nivel racionalista en la fundamentación de la creencia es igual de manifiesta cuando el racionalismo argumenta a favor de la religión que cuando lo hace en su contra.
Esa vasta literatura de pruebas de la existencia de Dios extraídas del orden de la naturaleza, que hace un siglo parecía tan abrumadoramente convincente, hoy en día no hace mucho más que acumular polvo en las bibliotecas, por la sencilla razón de que nuestra generación ha dejado de creer en el tipo de Dios en cuyo favor se argumentaba.
Sea cual fuere la clase de ser que Dios pueda ser, hoy sabemos que ya nunca más es ese mero inventor externo de «artilugios» destinados a manifestar su «gloria» en los que nuestros bisabuelos hallaban tanta satisfacción, aunque de qué modo exacto sepamos esto no podemos aclarárnoslo con palabras ni a los demás ni a nosotros mismos.
Desafío a cualquiera de los aquí presentes a que explique por completo su convencimiento de que, si Dios existe, ha de ser un personaje más cósmico y trágico que ese Ser.