nunca antes. Si ahora me hubiesen quemado en la hoguera, no habría podido creer que Cristo me amaba; ay, no podía oírlo, ni verlo, ni sentirlo, ni saborear ninguna de sus cosas. A veces le contaba mi estado al pueblo de Dios, el cual, al oírlo, se compadecía de mí y me hablaba de las Promesas. Pero tanto les habría dado decirme que debía tocar el Sol con el dedo como haberme mandado recibir la Promesa o confiar en ella. [Y, sin embargo,] durante todo este tiempo, en cuanto al acto de pecar, jamás fui más delicado que ahora; no osaba tomar un alfiler o una ramita, por muy delgada que fuera como una paja, pues mi conciencia estaba dolorida y se resentía ante cualquier roce; no sabía cómo pronunciar mis palabras por miedo a emplearlas mal. ¡Oh, con qué cautela andaba entonces en todo lo que hacía o decía! Me hallaba como sobre un cenagal fangoso que temblaba con tan solo moverme; y me sentía abandonado allí por Dios, por Cristo, por el Espíritu y por todas las cosas buenas. > > »Pero mi corrupción original e interior, esa era mi plaga y mi aflicción. A causa de ella, me resultaba más repugnante a mis propios ojos que un sapo; y pensaba que también lo era a los ojos de Dios. El pecado y la corrupción —decía— brotarían de mi corazón tan naturalmente como el agua brota de una fuente. Habría cambiado de corazón con cualquiera. Pensaba que nadie, salvo el Diablo mismo, podía igualarme en maldad interior y en polución mental. Seguro —pensaba—, estoy desamparado de Dios; y así continué durante mucho tiempo, incluso por espacio de varios años. > > »Y ahora sentía pesar de que Dios me hubiera hecho hombre. Las bestias, las aves,
Table of Contents
Conferencias VI y VII: El alma enferma
211