tregua sufría una desolación incurable e intolerable, al borde de la desesperación. ¡Me creía, de hecho, rechazado por Dios, perdido, condenado! Sentía algo parecido al sufrimiento del infierno. Antes de eso, ni siquiera había pensado en el infierno. Mi mente nunca se había orientado en esa dirección. Ni los discursos ni las reflexiones me habían impresionado de esa manera. No tomaba en cuenta el infierno. Ahora, y de golpe, sufría en cierta medida lo que allí se sufre. > > “Pero lo que tal vez era aún más espantoso es que se me había arrebatado toda idea del cielo: ya no podía concebir nada por el estilo. El cielo no me parecía digno de ser alcanzado. Era como un vacío; un elíseo mitológico, una morada de sombras menos real que la tierra. No podía concebir ningún gozo, ningún placer en habitarlo. Felicidad, alegría, luz, afecto, amor: todas estas palabras carecían ya de sentido. Sin duda aún habría podido hablar de todas estas cosas, pero me había vuelto incapaz de sentir nada en ellas, de comprender nada acerca de ellas, de esperar nada de ellas o de creer que existían. ¡Ahí residía mi gran e inconsolable dolor! Ya no percibía ni concebía la existencia de la felicidad o la perfección. Un cielo abstracto sobre una roca desnuda. Tal era mi morada actual
Hasta ahí la melancolía en el sentido de incapacidad para el sentimiento gozoso. Una forma mucho peor de ella es la angustia positiva y activa, una especie de neuralgia psíquica totalmente desconocida para la vida sana. Tal angustia puede revestir diversos caracteres, teniendo a veces más la cualidad de repugnancia; a veces la de irritación y exasperación; o de