Si, sin embargo, tienen la paciencia de leer hasta el final, confío en que esta impresión desfavorable desaparezca; pues allí combino los impulsos religiosos con otros principios de sentido común que sirven como correctivos de la exageración, y permiten al lector individual extraer conclusiones tan moderadas como desee.
Mis agradecimientos por la ayuda en la redacción de estas conferencias se los debo a Edwin D. Starbuck, de la Universidad de Stanford, quien me cedió su gran colección de material manuscrito; a Henry W. Rankin, de East Northfield, un amigo al que no conocía en persona pero de probada lealtad, a quien debo valiosa información; a Theodore Flournoy, de Ginebra, a Canning Schiller, de Oxford, y a mi colega Benjamin Rand, por documentos; a mi colega Dickinson S. Miller, y a mis amigos Thomas Wren Ward, de Nueva York, y Wincenty Lutoslawski, anteriormente de Cracovia, por importantes sugerencias y consejos.
Finalmente, a las conversaciones con el llorado Thomas Davidson y al uso de sus libros, en Glenmore, sobre el valle de Keene, le debo más obligaciones de las que buenamente puedo expresar.
Harvard University Marzo de 1902