Para los hombres comunes, la «religión», cualesquiera que sean los significados más especiales que pueda tener, significa siempre un estado mental serio. Si alguna frase pudiera resumir su mensaje universal, esa frase sería: «No todo es vanidad en este universo, por mucho que las apariencias sugieran lo contrario». Si algo puede detener, la religión, tal como se la comprende comúnmente, puede detener precisamente esa cháchara burlesca como la de Renán. Favorece la gravedad, no la petulancia; dice «chist» a toda charla vana y a todo ingenio pretencioso.
Pero si es hostil a la ironía ligera, la religión es igualmente hostil a la queja pesada y a la recriminación.
El mundo parece suficientemente trágico en algunas religiones, pero se comprende que la tragedia es purificadora y se sostiene que existe una vía de liberación. Veremos bastante de la melancolía religiosa en una futura conferencia; mas la melancolía, según nuestro uso ordinario del lenguaje, pierde todo derecho a ser llamada religiosa cuando, en las enérgicas palabras de Marco Aurelio, el sufriente se limita a yacer pataleando y gritando al modo de un cerdo sacrificado.
El estado de ánimo de un Schopenhauer o un Nietzsche —y en menor grado uno a veces puede decir lo mismo de nuestro propio y triste Carlyle—, aunque a menudo es una tristeza ennoblecedora, es casi con la misma frecuencia solo malhumor desbocado. Las salidas de tono de los dos autores alemanes recuerdan, la mitad de las veces, a los chillidos enfermizos de dos ratas moribundas. Carecen de la nota purgatorial que emite la tristeza religiosa.
Tiene que haber algo solemne, serio y tierno en cualquier actitud que denominemos religiosa. Si es alegre, no debe sonreír ni reírse