las penurias de su propia condición y a pesar de las teologías siniestras en las que puedan haber nacido. Desde el principio, su religión es una de unión con lo
Los herejes que precedieron a la Reforma son acusados profusamente por los escritores de la iglesia de prácticas antinomianas, del mismo modo que los primeros cristianos fueron acusados por los romanos de entregarse a orgías. Es probable que nunca haya habido un siglo en el que la negativa deliberada a pensar mal de la vida no haya sido idealizada por un número suficiente de personas como para formar sectas, abiertas o secretas, que proclamaban que todas las cosas naturales estaban permitidas. La máxima de san Agustín, Dilige et quod vis fac —si amas [a Dios], haz lo que plazca—, es moralmente una de las observaciones más profundas, pero está preñada, para tales personas, de salvoconductos más allá de los límites de la moralidad convencional.
Según sus caracteres han sido refinados o groseros; pero su creencia ha sido en todo momento lo suficientemente sistemática como para constituir una actitud religiosa definida.
Dios era para ellos un dador de libertad, y el aguijón del mal quedaba vencido. San Francisco y sus discípulos inmediatos formaban parte, en conjunto, de esta compañía de espíritus, de los cuales hay, por supuesto, infinitas variedades.
Rousseau en los primeros años de su obra escrita, Diderot, B. de Saint Pierre y muchos de los líderes del movimiento anticristiano del siglo XVIII pertenecían a este tipo optimista. Debían su influencia a una cierta autoridad en su sentimiento de que la Naturaleza, con tal de que uno confíe lo suficiente en ella, es absolutamente buena.
Es de esperar que todos tengamos algún amigo, quizás más a menudo femenino que masculino, y joven que viejo, cuya alma sea de este tinte azul celeste, cuyas afinidades estén más con las flores y los pájaros y todas