hombre y la mota, y la estrella y el sol, deben alinearse con él, o ser pulverizados por el
Ahora bien, sería demasiado absurdo decir que las vivencias internas que subyacen a tales expresiones de fe como esta y que impulsan al escritor a proferirlas son del todo indignas de ser llamadas experiencias religiosas.
El tipo de llamamiento que el optimismo emersoniano, por un lado, y el pesimismo búdico, por el otro, hacen al individuo, y el tipo de respuesta que este les da en su vida, son de hecho indistinguibles de —y en muchos aspectos idénticos a— el mejor llamamiento y la mejor respuesta cristianos.
Debemos, por consiguiente, desde el punto de vista experiencial, llamar a estos credos sin Dios o cuasidininos «religiones»; y, en consecuencia, cuando en nuestra definición de religión hablamos de la relación del individuo con «lo que él considera lo divino», debemos interpretar el término «divino» de manera muy amplia, como denotador de cualquier objeto que sea semejante a un dios, ya se trate de una deidad concreta o no.