resulte tener, esta es sin duda una forma fundamental de la experiencia humana. Algunos dicen que la capacidad o incapacidad para ella es lo que divide el carácter religioso del puramente moralista. Para aquellos que la experimentan en su plenitud, ninguna crítica sirve para arrojar dudas sobre su realidad. Ellos saben; porque han sentido verdaderamente a los poderes superiores, al rendir la tensión de su voluntad personal.
Una historia que los predicadores puritanos suelen contar es la de un hombre que se encontró por la noche resbalando por la ladera de un precipicio.
Al fin se aferró a una rama que detuvo su caída, y permaneció colgado de ella en la miseria durante horas. Pero finalmente sus dedos tuvieron que soltar su agarre y, con una despedida desesperada de la vida, se dejó caer. Cayó apenas quince centímetros. Si se hubiera rendido antes, se habría ahorrado su agonía.
Así como la madre tierra lo recibió —nos dicen los predicadores—, así nos recibirán los brazos eternos si confiamos absolutamente en ellos, y abandonamos el hábito hereditario de confiar en nuestra fuerza personal, con sus precauciones que no pueden amparar y sus salvaguardas que nunca salvan.