En el Ensayo sobre la firmeza de carácter de John Foster, hay el relato de un caso de conversión repentina a la avaricia, que es lo suficientemente ilustrativo como para citarlo:—
Un joven, al parecer, «malgastó, en dos o tres años, un gran patrimonio en desenfrenados festejos con una serie de indignos allegados que se hacían llamar sus amigos y que, cuando se agotaron sus últimos recursos, lo trataron, como era de esperar, con desdén o desprecio. Reducido a la indigencia absoluta, salió un día de su casa con la intención de poner fin a su vida; pero, tras deambular un rato casi sin consciencia, llegó a la cima de una colina que dominaba lo que poco antes habían sido sus tierras. Allí se sentó y permaneció sumido en sus pensamientos durante horas, al término de las cuales se levantó de un salto con una emoción vehemente y exultante. Había tomado una resolución, que consistía en que todas aquellas propiedades volverían a ser suyas; también había trazado su plan, que comenzó a ejecutar al instante. Echó a andar a paso ligero, decidido a aprovechar la primera oportunidad, por muy humilde que fuera, para ganar algo de dinero, aunque se tratara de una fruslería de lo más despreciable, y resuelto por completo a no gastar, si podía evitarlo, ni un céntimo de cuanto obtuviera. Lo primero que llamó su atención fue un montón de carbón descargado de unos carros sobre la acera frente a una casa. Se ofreció para palearlo o transportarlo en carretilla hasta el lugar donde iba a ser depositado, y fue contratado. Recibió unas pocas monedas por su labor y