su valor para la vida en general. Restando y suavizando las extravagancias, podremos proceder a continuación a trazar los límites de su dominio legítimo.
A decir verdad, dificulta nuestra tarea tener que lidiar tanto con excentricidades y extremos. «¿Cómo puede ser la religión, en conjunto, la más importante de todas las funciones humanas —podrán preguntar—, si cada una de sus distintas manifestaciones ha de ser corregida, moderada y podada?». semejante tesis parece una paradoja imposible de sostener razonablemente; sin embargo, creo que algo parecido habrá de ser nuestra conclusión final. Esa actitud personal que el individuo se ve impulsado a adoptar hacia aquello que percibe como lo divino —y recordarán que esta fue nuestra definición— resultará ser una actitud tanto indefensa como sacrificial. Es decir, tendremos que confesar al menos cierto grado de dependencia de la pura misericordia, y practicar cierta dosis de renuncia, grande o pequeña, para salvar nuestras almas con vida. La constitución del mundo en que vivimos lo exige: