¡Si al menos todo fuera éxito, aun bajo términos como esos! Pero tomemos al hombre más feliz, al más envidiado por el mundo, y en nueve de cada diez casos su conciencia más íntima es de fracaso. O bien sus ideales en la línea de sus logros se sitúan mucho más alto que los logros mismos, o de lo contrario tiene ideales secretos de los cuales el mundo no sabe nada, y respecto a los cuales él mismo sabe interiormente que se queda corto.
Cuando un optimista tan conquistador como Goethe puede expresarse de este modo, ¿cómo habrá de ser con los hombres menos afortunados?
«No diré nada», escribe Goethe en 1824, «en contra del curso de mi existencia. Pero en el fondo no ha sido más que dolor y carga, y puedo afirmar que durante el conjunto de mis 75 años no he tenido cuatro semanas de auténtico bienestar. No es más que el rodar perpetuo de una roca que debe ser vuelta a subir por siempre jamás».
¿Qué hombre en solitario fue jamás en conjunto tan exitoso como Lutero? Sin embargo, cuando hubo envejecido, contempló su vida como si fuera un fracaso absoluto.
“Estoy totalmente cansado de la vida. Ruego que el Señor venga sin demora y me lleve de aquí. Que venga, sobre todo, con su Juicio final: estiraré el cuello, estallará el trueno y estaré en paz”.—
Y teniendo en ese momento un collar de ágatas blancas en la mano, añadió:
«Oh, Dios, concédeme que llegue sin demora. Gustosamente me comería este collar hoy, por el Juicio que ha de venir mañana».—
La electora viuda, un día que Lutero comía con ella, le dijo: