En otras personas el problema es más profundo. Hay hombres anestesiados en el aspecto religioso, deficientes en esa categoría de sensibilidad.
Así como un organismo exangüe jamás podrá, a pesar de toda su buena voluntad, alcanzar los «ánimos animales» desenfrenados de los que gozan los de temperamento sanguíneo; de igual modo, la naturaleza espiritualmente estéril puede admirar y envidiar la fe en los demás, pero nunca podrá abarcar el entusiasmo y la paz de los que disfrutan los temperamentalmente aptos para la fe.
Todo esto puede resultar, sin embargo, con el tiempo, ser una cuestión de inhibición temporal. Incluso tarde en la vida puede producirse algún deshielo, alguna liberación, correrse algún cerrojo en el pecho más estéril, y el corazón duro del hombre puede ablandarse y estallar en sentimiento religioso.
Tales casos, más que ningún otro, sugieren la idea de que la conversión repentina es por milagro. Mientras existan, no debemos imaginar que tratamos con clases irremediablemente fijas.
Ahora bien, hay dos formas de acontecer mental en los seres humanos, las cuales conducen a una diferencia sorprendente en el proceso de conversión, una diferencia a la que el profesor