No tardaremos en oír ilustraciones aún más notables de procesos que maduran subconscientemente y que desembocan en resultados de los cuales de repente cobramos conciencia.
Sir William Hamilton y el profesor Laycock, de Edimburgo, fueron de los primeros en llamar la atención sobre esta clase de efectos; pero el doctor Carpenter fue el primero, a menos que me equivoque, en introducir el término «cerebración inconsciente», el cual ha sido desde entonces una popular frase explicativa.
Los hechos nos son hoy conocidos de manera mucho más extensa de lo que él pudo conocerlos, y el adjetivo «inconsciente», al ser para muchos de ellos casi con toda seguridad un nombre impreciso, es preferible reemplazarlo por el término más vago de «subconsciente» o «subliminal».
Del tipo volitivo de conversión sería fácil ofrecer ejemplos, pero por regla general son menos interesantes que los del tipo de auto-entrega, en el cual los efectos subconscientes son más abundantes y a menudo sorprendentes.
Me apresuraré por tanto a abordar estos últimos, tanto más cuanto que la diferencia entre ambos tipos no es, al fin y al cabo, radical. Incluso en el tipo de regeneración más voluntariamente construido hay pasajes de auto-entrega parcial interpuestos; y en la gran mayoría de todos los casos, cuando la voluntad ha hecho lo imposible por acercar a uno a la unificación completa a la que se aspira, parece que el último paso debe dejarse en manos de otras fuerzas y realizarse sin la ayuda de su actividad.
En otras palabras, la auto-entrega se vuelve entonces indispensable.