con la vida común de los hombres comunes, sino con la vida de las clases altas, intelectuales y artísticas, la vida que él personalmente siempre había llevado, la vida cerebral, la vida de convencionalismo, artificialidad y ambición personal. Había estado viviendo erróneamente y debía cambiar. Trabajar para satisfacer las necesidades animales, abjurar de las mentiras y las vanidades, aliviar las necesidades comunes, ser sencillo, creer en Dios; en eso residía de nuevo la felicidad.
«Recuerdo —dice—, un día a principios de primavera, estaba solo en el bosque, prestando atención a sus ruidos misteriosos. Escuché, y mi pensamiento volvió a aquello en lo que durante estos tres años había estado siempre ocupado: la búsqueda de Dios. Pero la idea de él, me dije, ¿cómo llegué jamás a formarme esa idea? > > »Y de nuevo surgieron en mí, junto con este pensamiento, alegres anhelos hacia la vida. Todo en mí despertó y cobró un sentido. … ¿Por qué sigo buscando más lejos?, preguntó una voz dentro de mí. Él está ahí: él,