El cultivo sistemático de una actitud mental saludable como actitud religiosa es, por lo tanto, congruente con corrientes importantes de la naturaleza humana, y está lejos de ser absurdo.
De hecho, todos lo cultivamos más o menos, incluso cuando nuestra teología profesada debiera, por coherencia, prohibirlo.
- Desviamos nuestra atención de la enfermedad y la muerte tanto como podemos; y los mataderos e indecencias sin fin sobre los cuales se funda nuestra vida son ocultados y jamás mencionados, de modo que el mundo que reconocemos oficialmente en la literatura y en la sociedad es una ficción poética mucho más hermosa, limpia y mejor que el mundo que verdaderamente es.
El avance del llamado liberalismo en el cristianismo, durante los últimos cincuenta años, bien puede llamarse una victoria de la sensatez dentro de la iglesia sobre la morbosidad con la que la vieja teología del fuego eterno estaba más armoniosamente relacionada.
Tenemos ahora congregaciones enteras cuyos predicadores, lejos de magnificar nuestra conciencia del pecado, parecen dedicados más bien a restarle importancia. Ignoran, o incluso niegan, el castigo eterno, e insisten en la dignidad antes que en la depravación del hombre.
Consideran la continua preocupación del cristiano a la antigua por la salvación de su alma como algo enfermizo y censurable más bien que admirable; y una actitud optimista y «musculosa», que para nuestros antepasados habría parecido puramente pagana, se ha convertido a sus ojos en un elemento ideal del carácter cristiano.
No estoy preguntando si tienen razón o no, solo estoy señalando el cambio.