mismas son regalos —regalos para nosotros, procedentes de fuentes a veces bajas y a veces altas; pero casi siempre ilógicas y fuera de nuestro control. ¿Cómo puede el anciano moribundo hacer recaer mediante la razón sobre sí mismo el romance, el misterio, la inminencia de las grandes cosas con las que nuestra vieja tierra vibraba para él en los días en que era joven y gozaba de salud? Regalos, ya sean de la carne o del espíritu; y el espíritu sopla donde quiere; y los materiales del mundo prestan su superficie pasivamente a todos los regalos por igual, del mismo modo que la escenografía recibe indiferentemente las cambiantes luces de colores que puedan proyectarse sobre ella desde el aparato óptico situado en la galería.
Mientras tanto, el mundo prácticamente real para cada uno de nosotros, el mundo efectivo del individuo, es el mundo compuesto, la combinación indistinguible de hechos físicos y valores emocionales. Si se retira o se pervierte cualquiera de los factores de este complejo resultante, se produce el tipo de experiencia que llamamos patológica.
En el caso de Tolstói, la sensación de que la vida tuviera algún tipo de significado se desvaneció por completo durante un tiempo.
El resultado fue una transformación en toda la expresión de la realidad. Cuando pasemos a estudiar el fenómeno de la conversión o regeneración religiosa, veremos que una consecuencia no infrecuente del cambio operado en el sujeto es una transfiguración de la faz de la naturaleza ante sus ojos.
Un nuevo cielo parece brillar sobre una nueva tierra.
En los melancólicos suele darse un cambio similar, solo que en dirección contraria. El mundo se muestra ahora remoto, extraño, siniestro, inquietante. Ha perdido su color, su aliento es frío, no hay especulación en los ojos con los que mira fijamente.