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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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La religión de la mentalidad sana

antojaba placentero y casi inevitable; echar una mano, si se presentaba la ocasión, algo natural; y si uno hacía esto, pues disfrutaba de la vida porque no podía evitarlo, y sin necesidad de demostrarse a sí mismo que debía disfrutar de ella.⁠ ⁠… Al niño al que se le enseña desde pequeño que es hijo de Dios, que puede vivir, moverse y tener su ser en Dios, y que cuenta, por tanto, con una fuerza infinita a su disposición para vencer cualquier dificultad, la vida le resultará más llevadera, y probablemente sacará más partido de ella, que a aquel a quien le dicen que ha nacido siendo hijo de la ira y totalmente incapaz de obrar el

Uno no puede menos que reconocer en escritores de este talante la presencia de un temperamento inclinado orgánicamente hacia el optimismo y fatalmente impedido para demorarse, como lo hacen los de temperamento opuesto, en los aspectos más oscuros del universo.

En algunos individuos el optimismo puede volverse casi patológico. La capacidad para sentir incluso una tristeza transitoria o una humildad momentánea parece estarles vedada como por una especie de anestesia congénita.

El ejemplo contemporáneo supremo de tal incapacidad para sentir el mal es, por supuesto, Walt Whitman.

“Su ocupación favorita —escribe su discípulo, el Dr. Bucke— parecía ser pasear o deambular solo al aire libre, contemplando la hierba, los árboles, las flores, las perspectivas de luz, los cambiantes aspectos del cielo, y escuchando a los pájaros, los grillos, las ranas arborícolas y todos los cientos de sonidos naturales. Era evidente que estas cosas le proporcionaban un placer muy superior al que le dan a la gente

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