“Me dije a mí mismo: «¿Qué es esto? Debo de haber entristecido al Espíritu Santo por completo. He perdido toda mi convicción. No tengo ni una pizca de preocupación por mi alma; y debe de ser que el Espíritu me ha abandonado». «¡Vaya! —pensé—, nunca en mi vida había estado tan lejos de preocuparme por mi propia salvación». … Traté de evocar mis convicciones, de recuperar el peso del pecado bajo el cual había estado batallando. Intenté en vano sentir ansiedad. Estaba tan tranquilo y en paz que traté de preocuparme por eso, no fuera a ser el resultado de haber hecho que el Espíritu se alejara».”
Pero más allá de toda duda hay personas en quienes, con total independencia de cualquier agotamiento en la capacidad de sentir del Sujeto, o incluso en ausencia de cualquier sentimiento previo agudo, la condición superior, habiendo alcanzado el grado necesario de energía, rompe todas las barreras e irrumpe como una inundación repentina.
Estos son los casos más llamativos y memorables, los casos de conversión instantánea a los que más peculiarmente se ha adscrito la concepción de la gracia divina. He expuesto uno de ellos en detalle: el caso del Sr. Bradley.
Pero haré bien en reservar los demás casos y mis comentarios sobre el resto del tema para la siguiente conferencia.