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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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Conferencia II

Hay un estado mental, conocido por los hombres religiosos, pero por ningún otro, en el cual la voluntad de afirmarnos y hacernos valer ha sido desplazada por la disposición a cerrar la boca y ser como nada en las crecidas y trombas marinas de Dios. En este estado mental, lo que más temíamos se ha convertido en la morada de nuestra seguridad, y la hora de nuestra muerte moral se ha transformado en nuestro cumpleaños espiritual. El tiempo de la tensión en nuestra alma ha terminado, y ha llegado el de la feliz relajación, de la respiración profunda y tranquila, de un presente eterno, sin ningún futuro discordante por el cual angustiarse. El miedo no se mantiene en suspenso como ocurre con la mera moralidad, sino que es positivamente expurgado y borrado.

Veremos abundantes ejemplos de este feliz estado mental en las siguientes conferencias de este curso. Veremos cuán infinitamente apasionada puede llegar a ser la religión en sus vuelos más altos. Al igual que el amor, que la ira, que la esperanza, la ambición, los celos, como cualquier otro arrebato e impulso instintivo, añade a la vida un encanto que no se puede deducir racional ni lógicamente de ninguna otra cosa. Este encanto, que llega como un regalo cuando llega —un regalo de nuestro organismo, nos dirán los fisiólogos, un regalo de la gracia de Dios, dicen los teólogos—, está o no está ahí para nosotros, y hay personas que no pueden ser poseídas por él del mismo modo que no pueden enamorarse de una mujer determinada por una mera orden. El sentimiento religioso constituye así un añadido absoluto al ámbito vital del Sujeto. Le otorga una nueva esfera de poder. Cuando la batalla exterior se pierde y el mundo externo lo desconoce, redime y vivifica un mundo interior que de otro modo sería un páramo vacío.

Si la religión ha de significar algo definido para nosotros, me parece que debemos entenderla como esta dimensión añadida de emoción, este

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