Encuentro otra buena descripción de la voluntad dividida en la autobiografía de Henry Alline, el evangelista de Nueva Escocia, de cuya melancolía leí un breve relato en mi última conferencia. Los pecados del pobre joven eran, como verán, de la especie más inofensiva, pero interferían con la que resultó ser su verdadera vocación, por lo que le causaban un gran sufrimiento.
“Ahora mi vida era muy moral, pero no hallaba descanso para la conciencia. Empecé a ser estimado entre la gente joven, que no sabía nada de lo que pasaba por mi mente mientras tanto, y su estima comenzó a ser una trampa para mi alma, pues pronto empecé a aficionarme a la alegría carnal, aunque seguía halagándome con que si no me emborrachaba, ni maldecía, ni juraba, no habría pecado en las diversiones y la alegría carnal, y pensaba que Dios consentiría a los jóvenes alguna recreación (que yo llamaba simple o civil). Todavía cumplía con una rutina de deberes, y no me permitía caer en ningún vicio manifiesto, y así salía adelante muy bien en tiempos de salud y prosperidad, pero cuando me sentía angustiado o amenazado por la enfermedad, la muerte o fuertes tormentas de truenos, mi religión no servía, y hallaba que algo faltaba, y empezaba a arrepentirme de ir tanto a las diversiones; pero cuando pasaba la angustia, el diablo y mi propio corazón perverso, con las solicitudes de mis compañeros y mi debilidad por la buena compañía, eran alicientes tan fuertes, que volvía a ceder, y así llegué a ser muy desenfrenado y grosero, al mismo tiempo que mantenía mi rutina de oración secreta y lectura; pero Dios, no queriendo que me destruyera, seguía persiguiéndome con sus llamados, y obraba con tal poder en mi conciencia que no podía satisfacerme con mis distracciones, y en medio de mi regocijo a veces tenía tal conciencia de mi condición perdida y arruinada,